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Acosado por
numerosos enemigos, el valeroso caballero alzó su pesada espada Durandarte y,
con ímpetu sobrehumano, hendió la pared que obstruía su paso. Así fue como se
formó la Brecha de Rolando.
Uno de los factores más determinantes de la historia de los altos valles del
Sobrarbe ha sido su aislamiento pertinaz hasta épocas recientes. Una geografía
accidentada ha servido para conservar estos parajes, la arquitectura popular y
muchas tradiciones de gran raigambre.
La adecuación a un medio con un clima extremo y grandes desniveles han sido
una constante en la evolución histórica del hombre montañés.
Algunos vestigios prehistóricos encontrados alrededor del macizo testifican la
presencia humana desde el Paleolítico superior (40.000 – 10.000 a.de C.).
Durante la Reconquista, los gascones prestaron su ayuda a los cristianos de la
vertiente sur. Este flujo humano y cultural, más allá de las fronteras físicas
y administrativas, es la constante histórica más relevante de la comarca del
Sobrarbe.
En estos lugares de vida y expresión, de esfuerzos, de luchas y de paz…, el
hombre ha ido dejando su huella, trazando senderos y caminos, construyendo
puentes, cabañas, mallatas, aprovechando los bosques y pastos.
Las gentes de los Pirineos sólo se sometían a sus propias normas, aquellas que
permitían a cada uno recibir su parte de heno, de helechos y de leña, de
hayucos y de bellotas, evitando enfrentamientos por los pastos o el agua. Las
guerras en España o Francia eran asuntos secundarios, lo importante eran las
luchas y concordias de un valle con otro, las rivalidades y acuerdos entre sus
pobladores.
Para sobrevivir era necesario que se entendiesen los pastores de Torla y de
Gavarnie, las gentes de Barèges y de Broto, era preciso bajar las ovejas hacia
el piedemonte en invierno, y hacer que subiesen los rebaños a los puertos en
verano. Estos pactos, que permitían pastar en paz, constituyeron durante
siglos el entramado de la vida en estas montañas.
Hacia finales del siglo XVIII, los importantes testimonios de los movimientos
tectónicos suscitarían el interés de exploradores y científicos: el
naturalista Reboul diserta en 1788 ante la Academia de Ciencias de Toulouse
sobre la particular posición de las calizas de Gavarnie, mientras que los
trabajos y publicaciones de Ramond de Carbonnières comienzan a atraer hacia el
Monte Perdido a los viajeros de la época romántica, ávidos de naturaleza
salvaje, convirtiéndose en los primeros "fundadores" del "pirineísmo".
Diferentes circunstancias, entre las que se debe citar la labor divulgadora y
conservacionista de Lucien Briet y Pedro Pidal, propiciaron el nacimiento de
uno de los primeros parques nacionales del mundo, el del Valle de Ordesa,
siendo declarado por Decreto el 16 de agosto de 1918.
En el año 1966 y con objeto de asegurar la riqueza cinegética de buena parte
de la cordillera se declaran, alrededor del Parque Nacional de Ordesa, las
Reservas Nacionales de Caza de Viñamala y de Los Circos.
En 1977 el Parque Nacional se incluye en el marco del Programa MaB (Hombre y
Biosfera) de la UNESCO en la Reserva de "Ordesa-Viñamala", en coincidencia con
la Reserva de Caza de Viñamala y el Parque Nacional del Valle de Ordesa (este
último como núcleo de la Reserva).
A finales de los 70, a raíz del proyecto de inundación del Cañón de Añisclo
para su aprovechamiento hidroeléctrico, instituciones y colectivos de
ciudadanos se movilizaron para salvar este enclave. Las obras se paralizaron y
en 1982 el Parque Nacional se amplía y reclasifica bajo el nombre de Parque
Nacional de Ordesa y Monte Perdido (Ley de 13 de julio).
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